Con independencia de la ideología política, las creencias
religiosas, la raza, el color de la piel, la lengua o el lugar donde hayamos
nacido, creo que todos deberíamos detenernos alguna vez a reflexionar sobre
algo muy sencillo: ¿respetamos realmente a quienes son diferentes de
nosotros?
Y no me refiero solamente a cumplir las leyes. Me refiero a
nuestra actitud cotidiana, a nuestras palabras, a nuestros actos y también a
nuestra tolerancia ante las actitudes de quienes nos rodean.
Porque resulta paradójico que algunos seres humanos se
consideren superiores a otros precisamente por aquello que debería
enriquecernos: nuestras diferencias.
A lo largo de la historia, dioses y hombres han creado
innumerables mandamientos, normas y leyes. Yo me atrevería a reducir muchas de
ellas a una sola:
Trata a los demás como te gustaría que los demás te
trataran a ti.
Parece sencillo. Pero quizá sea una de las normas más
difíciles de cumplir.
Las religiones han establecido preceptos sobre la relación
del ser humano con la divinidad y, en muchos casos, también sobre la
convivencia entre las personas. Las ideologías políticas, por su parte,
proponen distintas formas de organizar la sociedad, distribuir los recursos,
establecer derechos y deberes y determinar hasta dónde deben llegar las
responsabilidades del Estado y del individuo.
Y ahí comienza la responsabilidad de cada ciudadano.
Podemos discrepar sobre impuestos, propiedad, intervención
del Estado, iniciativa privada, modelos económicos o prioridades
presupuestarias. Pero, por encima de esas diferencias, existe una pregunta que
considero fundamental:
¿Debe una persona tener menos derechos esenciales
simplemente porque tiene menos dinero?
Mi respuesta personal es no.
Creo que, con independencia de nuestras enormes diferencias
individuales, todos deberíamos disponer de unos derechos fundamentales y asumir
también unos deberes comunes.
Educación.
Sanidad.
Una vivienda digna.
Un salario que permita vivir dignamente.
Igualdad ante la ley.
Libertad para pensar, creer, expresarse y vivir sin ser
discriminado por ser diferente.
Naturalmente, garantizar estos derechos tiene un coste y
exige tomar decisiones políticas y económicas. Y esas decisiones nunca son
neutrales: cuando un gobierno establece sus presupuestos, sus impuestos o sus
prioridades de gasto, está decidiendo qué considera más importante.
Por eso creo que no deberíamos votar solamente por
tradición, por identificación emocional con unas siglas, por miedo a los otros
o porque siempre hemos votado de la misma manera.
Deberíamos mirar los hechos.
Cuando un partido se presenta como defensor de los
trabajadores, preguntémonos qué medidas concretas adopta cuando gobierna.
Cuando otro afirma defender la libertad individual,
preguntémonos si esa libertad alcanza igualmente a quienes piensan, viven o
creen de manera diferente.
Cuando se reducen impuestos, preguntémonos quién se
beneficia principalmente y qué servicios dejarán de financiarse.
Cuando aumenta el gasto público, preguntémonos a quién
beneficia, de dónde procede el dinero y si realmente mejora la vida de quienes
más lo necesitan.
Y cuando se destinan recursos públicos a instituciones
privadas, preguntémonos si eso fortalece o debilita los servicios que
pertenecen a todos.
No se trata de demonizar a los ricos ni de idealizar a los
pobres. Quien dispone de recursos puede elegir educación, sanidad o vivienda
privadas si así lo desea. El problema aparece cuando el acceso a lo esencial
depende exclusivamente de la capacidad económica.
Porque entonces el derecho corre el peligro de convertirse
en privilegio.
Y quizá esta sea la reflexión que deberíamos hacernos antes
de introducir una papeleta en una urna:
¿Las políticas que estoy apoyando protegen los derechos
fundamentales de todos, incluidos aquellos que son diferentes de mí, o
solamente protegen los intereses de determinados grupos?
Y todavía añadiría otra pregunta, quizá más incómoda:
Si mañana perdiera mi posición económica, mi trabajo, mi
salud o mi seguridad, ¿seguiría considerando justa la sociedad que hoy estoy
defendiendo?
No pretendo decirle a nadie qué debe votar.
Pretendo algo mucho más sencillo y, probablemente, mucho más
difícil:
que pensemos antes de hacerlo.
Porque una humanidad más humana no comenzará cuando todos
pensemos igual.
Comenzará cuando, pensando diferente, seamos capaces de
reconocer que los derechos que reclamamos para nosotros también deben
pertenecer a los demás.