Algunos podrían pensar que el orden mundial establecido
pertenece a la era moderna, pero si revisamos la Biblia, especialmente, y
algunos otros libros sagrados, descubriremos que este se estableció hace
milenios y, desde entonces, ha cambiado solo en la forma aparente, pero en
esencia, sigue siendo el mismo.
-El llamado “orden mundial” no es nuevo.
-No nació en la modernidad ni con la globalización.
-Es tan antiguo como las primeras civilizaciones y se ha sostenido siempre
sobre el mismo pilar: el control de la mente humana.
Antes se ejercía mediante dioses visibles, leyes divinas y
castigos ejemplares.
Hoy se mantiene a través de ideologías, religiones, sistemas educativos, medios
de comunicación y estructuras de poder que actúan desde el anonimato.
-Las religiones institucionalizadas no liberan: programan.
-Los sistemas políticos no representan: administran obediencia.
-Y la mayoría de los seres humanos no viven: cumplen el papel que se espera
de ellos.
Se nos educa desde antes de nacer para obedecer, consumir,
competir y callar.
Esta no es una esclavitud con cadenas, sino una esclavitud mental, mucho
más eficaz porque apenas se percibe.
-La figura de Jesús fue convertida en dios para
neutralizar su mensaje.
-No vino a fundar una religión ni a exigir adoración.
-Vino a desmontar el poder de las élites religiosas, a denunciar la ley sin
conciencia y a recordar que la autoridad verdadera no está fuera, sino
dentro del ser humano.
-Por eso fue eliminado.
Y por eso su mensaje fue transformado en dogma, ritual y jerarquía por el poder
político, especialmente desde Constantino I, que necesitaba una religión
útil para gobernar, no una enseñanza que liberara.
-La auténtica “salvación” no consiste en creer, sino en despertar.
-No en esperar un salvador, sino en recuperar la soberanía interior.
-No en obedecer leyes sagradas, sino en actuar desde la conciencia.
La liberación de la humanidad no vendrá de una revolución
violenta ni de un nuevo sistema impuesto desde arriba. Vendrá del despertar
individual, del pensamiento crítico, de la espiritualidad sin
intermediarios y de comunidades humanas libres, pequeñas y conscientes.
No todos despertarán. Nunca lo hicieron. Pero basta con que
algunos dejen de obedecer mentalmente para que el sistema empiece a
resquebrajarse.
La verdadera rebelión no es política. La verdadera rebelión es
interior.