El colorido queda dominado por los azules y violáceos, en contrapunto, unos pequeños toques de amarillo y rosa en las flores, y unos sutiles trazos de naranja verdosos en algún contorno y en la esquina inferior derecha, que tiende a confundirse con un matiz rojizo. Las hojas azul celeste con matices, verdes, violetas, aclarados con trazos blancos, definen unos colores irreales de una gran belleza plástica.
Vemos el rastro del pincel por todas partes, superponiéndose los colores y mezclándose en otros casos sobre la marcha, conjugando trazos paralelos con trazos curvos envolventes en las hojas, pasando a ser radiales en las flores.
El centro de interés claramente está en las dos flores de la derecha donde se nos va la vista, entrando por la esquina inferior izquierda como suele ser habitual.
Una mancha violeta define el centro geométrico del cuadro, a cuyo alrededor están dispuestas una serie de hojas, formando un óvalo abierto que le da más voluptuosidad, al ritmo suave y elegante de la curva. En las flores, a pesar de su simplificación, podemos apreciar los cuatro sépalos del cáliz, pues el cuarto hemos de imaginarlo oculto por los pétalos.
La repetición de las hojas, por un lado, y las flores, por otro, crean esa relación de referencias cromáticas y lineales, produciendo un ritmo por las resonancias de las formas, además del óvalo abierto que conforman ese grupo de manchas azules que son las hojas alrededor del centro. Recordemos que los óvalos producen la sensación de majestuosidad y grandiosidad, dando gran importancia a este tema sencillo.
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