Recuerdo un viejo dicho que se hizo popular hace décadas: «Que se pare el mundo, que me apeo». Quienes lo pronunciaban entonces seguramente pensaban que vivían tiempos convulsos. Sin embargo, difícilmente podían imaginar el escenario que contemplamos hoy.
Vivimos en una época extraordinaria. Gracias a la tecnología
podemos presenciar, en tiempo real y desde nuestro salón, una explosión en
Oriente Medio, un tifón en Asia, una erupción volcánica en Islandia, un
incendio forestal en Canadá o una batalla en Ucrania. Nunca en la historia
habíamos tenido acceso a tanta información. Y, sin embargo, tampoco habíamos
estado tan saturados de ella.
Las redes sociales amplifican cada acontecimiento hasta el
infinito. Vemos las mismas imágenes repetidas miles de veces, mientras otras
apenas aparecen. Cada medio, cada gobierno y cada grupo de interés intenta
imponer su relato. La consecuencia es que conocemos más hechos que nunca, pero
no siempre comprendemos mejor lo que ocurre.
Mientras escribo estas líneas, el mundo sigue convulsionado
por conflictos y tensiones internacionales: la guerra de Ucrania, la tragedia
humanitaria de Gaza, los enfrentamientos entre Israel e Irán, las tensiones en
torno a Taiwán, las disputas geopolíticas por Groenlandia, las sanciones
económicas contra diversos países y una creciente rivalidad entre grandes
potencias. Todo ello afecta directa o indirectamente a miles de millones de
personas.
Según datos de organismos internacionales, las guerras y
conflictos armados han provocado en los últimos años cientos de miles de
muertos, millones de desplazados y daños materiales valorados en cientos de
miles de millones de euros. Ciudades enteras han sido destruidas. Familias
completas han perdido todo cuanto tenían.
Y la pregunta sigue siendo la misma:
¿Tiene sentido todo esto?
La historia de la humanidad ha sido, en gran medida, la
historia de las guerras. Durante siglos se justificaron mediante la religión,
el derecho divino de los reyes, el destino nacional o la supuesta superioridad
de unos pueblos sobre otros. Se decía que los monarcas gobernaban por voluntad
de Dios y que las guerras eran castigos divinos o misiones sagradas.
Hoy la mayoría de las personas ya no acepta esas
explicaciones. Sabemos que las guerras no las provoca ninguna divinidad. Son
decisiones humanas. Decisiones tomadas por dirigentes políticos, militares,
económicos e ideológicos, apoyados por estructuras de poder mucho más amplias
que una sola persona.
Por eso me resulta difícil comprender cómo la humanidad
sigue aceptando que unos pocos puedan arrastrar a millones a la destrucción.
Cambian los nombres, cambian las banderas y cambian las ideologías, pero el
resultado suele ser el mismo: sufrimiento para la población y beneficios para
quienes acumulan poder.
En la naturaleza, los animales matan para sobrevivir. Es la
ley biológica. El ser humano, sin embargo, es capaz de matar por ambición, por
territorio, por ideología, por orgullo, por fanatismo o por intereses
económicos. Y lo más inquietante es que muchas veces consigue que millones de
personas participen voluntariamente en esa dinámica.
Tampoco puedo evitar preguntarme hasta qué punto hemos
renunciado al pensamiento crítico. Con demasiada frecuencia nos identificamos
con ideologías, partidos, religiones o banderas hasta el extremo de convertir
al diferente en enemigo. Nos enseñan a elegir un bando antes que a comprender
la realidad. Nos dividen y nos enfrentan mientras los problemas verdaderamente
importantes permanecen sin resolver.
Quizá el mayor peligro no sea la existencia de dirigentes
ambiciosos. Siempre los ha habido. El verdadero peligro es una ciudadanía que
deja de cuestionar, de pensar por sí misma y de exigir responsabilidades.
A veces observo el panorama mundial y siento una profunda
decepción. Veo una humanidad capaz de hazañas científicas extraordinarias, de
enviar sondas a otros planetas, de descifrar el genoma humano y de desarrollar
inteligencias artificiales cada vez más avanzadas. Pero también veo una
humanidad que sigue resolviendo demasiados conflictos con bombas, misiles y
odio.
Y entonces no puedo evitar preguntarme:
¿Hemos avanzado realmente tanto como creemos?
Si existe la reencarnación, espero que la próxima vez me
toque un planeta donde la inteligencia vaya acompañada de sabiduría, donde el
poder esté al servicio de las personas y donde pensar por uno mismo no sea un
acto de rebeldía.
Porque, sinceramente, a veces resulta difícil sentirse
orgulloso de la especie humana.
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