Contemplando la obra de Pilar Cortés uno se siente especialmente paseando por esos pueblos sencillos, antiguos y su campos bucólicos, donde todo es piedra y madera: las casas, las calles, los monumentos, los suelos… En las casas hay peras, manzanas, sillas, cántaros, macetas, enredaderas y ,en alguna obra, el contraste de la gran ciudad con sus rascacielos, con unas sencillas amapolas.
También hay paisajes con montes y vacas, arboledas y mares. Pero sobre todo lo que vemos es autenticidad, vibración del alma.
Las obras suelen ser de pequeño tamaño, la pincelada suelta, superpuesta y corta, salvo en los cielos que suele ser más amplia, habitualmente con óleo.
La luz suele ser suave, sin estridencias, delicada, íntima. Esa es la sensación que producen las obras de Pilar Cortés: intimidad.
Es natural que el dibujo sea preciso para servir de armazón a la autenticidad de su pintura. Con una verdad en las formas y una perspectiva lineal y aérea adecuadas.
Hay un parque nevado con sus árboles desnudos, y es tanto el frío que hasta el cielo está helado y la gente ha huido, aunque no hubo mucha, pues se ven solo algunas pisadas.
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