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domingo, 27 de septiembre de 2026

LOS DERECHOS HUMANOS Y LA POLÍTICA

 



Con independencia de la ideología política, las creencias religiosas, la raza, el color de la piel, la lengua o el lugar donde hayamos nacido, creo que todos deberíamos detenernos alguna vez a reflexionar sobre algo muy sencillo: ¿respetamos realmente a quienes son diferentes de nosotros?

Y no me refiero solamente a cumplir las leyes. Me refiero a nuestra actitud cotidiana, a nuestras palabras, a nuestros actos y también a nuestra tolerancia ante las actitudes de quienes nos rodean.

Porque resulta paradójico que algunos seres humanos se consideren superiores a otros precisamente por aquello que debería enriquecernos: nuestras diferencias.

A lo largo de la historia, dioses y hombres han creado innumerables mandamientos, normas y leyes. Yo me atrevería a reducir muchas de ellas a una sola:

Trata a los demás como te gustaría que los demás te trataran a ti.

Parece sencillo. Pero quizá sea una de las normas más difíciles de cumplir.

Las religiones han establecido preceptos sobre la relación del ser humano con la divinidad y, en muchos casos, también sobre la convivencia entre las personas. Las ideologías políticas, por su parte, proponen distintas formas de organizar la sociedad, distribuir los recursos, establecer derechos y deberes y determinar hasta dónde deben llegar las responsabilidades del Estado y del individuo.

Y ahí comienza la responsabilidad de cada ciudadano.

Podemos discrepar sobre impuestos, propiedad, intervención del Estado, iniciativa privada, modelos económicos o prioridades presupuestarias. Pero, por encima de esas diferencias, existe una pregunta que considero fundamental:

¿Debe una persona tener menos derechos esenciales simplemente porque tiene menos dinero?

Mi respuesta personal es no.

Creo que, con independencia de nuestras enormes diferencias individuales, todos deberíamos disponer de unos derechos fundamentales y asumir también unos deberes comunes.

Educación.

Sanidad.

Una vivienda digna.

Un salario que permita vivir dignamente.

Igualdad ante la ley.

Libertad para pensar, creer, expresarse y vivir sin ser discriminado por ser diferente.

Naturalmente, garantizar estos derechos tiene un coste y exige tomar decisiones políticas y económicas. Y esas decisiones nunca son neutrales: cuando un gobierno establece sus presupuestos, sus impuestos o sus prioridades de gasto, está decidiendo qué considera más importante.

Por eso creo que no deberíamos votar solamente por tradición, por identificación emocional con unas siglas, por miedo a los otros o porque siempre hemos votado de la misma manera.

Deberíamos mirar los hechos.

Cuando un partido se presenta como defensor de los trabajadores, preguntémonos qué medidas concretas adopta cuando gobierna.

Cuando otro afirma defender la libertad individual, preguntémonos si esa libertad alcanza igualmente a quienes piensan, viven o creen de manera diferente.

Cuando se reducen impuestos, preguntémonos quién se beneficia principalmente y qué servicios dejarán de financiarse.

Cuando aumenta el gasto público, preguntémonos a quién beneficia, de dónde procede el dinero y si realmente mejora la vida de quienes más lo necesitan.

Y cuando se destinan recursos públicos a instituciones privadas, preguntémonos si eso fortalece o debilita los servicios que pertenecen a todos.

No se trata de demonizar a los ricos ni de idealizar a los pobres. Quien dispone de recursos puede elegir educación, sanidad o vivienda privadas si así lo desea. El problema aparece cuando el acceso a lo esencial depende exclusivamente de la capacidad económica.

Porque entonces el derecho corre el peligro de convertirse en privilegio.

Y quizá esta sea la reflexión que deberíamos hacernos antes de introducir una papeleta en una urna:

¿Las políticas que estoy apoyando protegen los derechos fundamentales de todos, incluidos aquellos que son diferentes de mí, o solamente protegen los intereses de determinados grupos?

Y todavía añadiría otra pregunta, quizá más incómoda:

Si mañana perdiera mi posición económica, mi trabajo, mi salud o mi seguridad, ¿seguiría considerando justa la sociedad que hoy estoy defendiendo?

No pretendo decirle a nadie qué debe votar.

Pretendo algo mucho más sencillo y, probablemente, mucho más difícil:

que pensemos antes de hacerlo.

Porque una humanidad más humana no comenzará cuando todos pensemos igual.

Comenzará cuando, pensando diferente, seamos capaces de reconocer que los derechos que reclamamos para nosotros también deben pertenecer a los demás.


 

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