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martes, 3 de noviembre de 2026

ÓSCAR PUENTE, ¡CULPABLE!



¡Por fin se ha descubierto toda la verdad!
Como todo el mundo sabe, el ministro de Transportes, Óscar Puente, se presenta cada mañana, a las ocho en punto, en el Centro de Control de Adif de Atocha, se sienta ante los ordenadores y comienza a dirigir personalmente todos los trenes que circulan por España.
Naturalmente, sabía que determinados equipos del sistema de seguridad LZB databan de 1990 y, por supuesto, había decidido no sustituirlos. ¡Faltaría más!
Pero aquel día ocurrió lo inesperado: el sistema falló y varios trenes quedaron detenidos.
El ministro, que además de dirigir el tráfico ferroviario tiene la extraordinaria capacidad de comunicarse simultáneamente con todos los maquinistas, comenzó a impartir órdenes para restablecer la circulación.
Y aquí cometió su primer error imperdonable.
En medio de semejante trajín, olvidó que los trenes debían circular con las limitaciones de velocidad que exigieran las condiciones de seguridad y, en nuestra imaginaria reconstrucción de los hechos, ordenó alegremente:
—¡Adelante, muchachos! ¡A 200 kilómetros por hora, que tenemos mucha prisa!
Pero lo más extraordinario estaba todavía por suceder.
No contento con dirigir los trenes desde Atocha, el ministro decidió abandonar su puesto, trasladarse instantáneamente hasta uno de los convoyes, subirse a la cabina del AVE, apartar al maquinista y ponerse personalmente a los mandos.
¡Todo ello sin dejar de dirigir el tráfico ferroviario desde Madrid!
Desgraciadamente, en medio de tanta actividad, había olvidado que otro tren, un Iryo, permanecía detenido.
Y, naturalmente, se produjo el accidente.
¡Ya está todo aclarado!
El ministro no solamente era responsable de la gestión del sistema ferroviario, sino que también controlaba los ordenadores, daba las órdenes de circulación, conducía los trenes y, por lo visto, tenía el don de la ubicuidad.
¡Ni Superman habría podido hacerlo mejor!
Por tanto, no cabe la menor duda: **¡ÓSCAR PUENTE ES CULPABLE DE TODO!**
Y ahora viene la pregunta verdaderamente importante:
¿Para qué necesitamos investigar las causas técnicas, estudiar los protocolos de seguridad, analizar las decisiones operativas y determinar las responsabilidades concretas, si resulta mucho más sencillo encontrar un culpable político?
Total, ¿para qué complicarnos la vida con investigaciones cuando podemos dictar sentencia desde una tribuna o una red social?
Y, puestos a imaginar, quizá el ministro provocó deliberadamente el accidente para ganar las próximas elecciones.
¡Eso sí que sería una estrategia electoral revolucionaria!
**La ironía termina aquí. La necesidad de investigar, no.**
Porque una cosa es exigir responsabilidades políticas, que pueden existir y deben examinarse, y otra muy distinta es convertir una tragedia en una sentencia anticipada.
Las víctimas merecen verdad, rigor y justicia. No una competición por ver quién señala primero al culpable.