La educación segregada por sexos fue un pilar
fundamental del sistema educativo franquista. El régimen abolió de inmediato el
modelo de escuela mixta y laica implantado por la Segunda República, al que
consideraba "antinatural" y "una invención masónica"
contraria a la moral cristiana.
Bajo la dictadura, niños y niñas no solo estudiaban en aulas
y colegios estrictamente separados, sino que recibían planes de estudio
completamente diferentes, diseñados para perpetuar la división de roles en
la sociedad.
Los fundamentos de la separación: La Ley de 1945
El marco legal que consolidó este sistema fue la Ley de
Educación Primaria de 1945. Su artículo 31 establecía textualmente la
prohibición de la coeducación:
"La escuela primaria, por principio, mantendrá la
separación de sexos. [...] La educación de las niñas deberá prepararlas
especialmente para la vida del hogar, la artesanía y las industrias
domésticas".
Para el régimen, la mezcla de chicos y chicas en una misma
clase atentaba contra la decencia y ponía en peligro la moral católica. El
control de los colegios se entregó casi por completo a la Iglesia Católica
y a los inspectores de la Sección Femenina, quienes vigilaban que la
separación fuera absoluta.
Dos escuelas, dos mundos: ¿Qué estudiaba cada uno?
La segregación no era solo física; era ideológica y
curricular. El sistema preparaba a los niños para la vida pública y
productiva, y a las niñas para la vida privada y reproductiva.
La escuela de los niños
- Enfoque:
Orientado al rendimiento laboral, la disciplina militar, la ciencia, las
matemáticas y el desarrollo profesional.
- Asignaturas
específicas: Educación Física de tipo pre-militar (gimnasia rígida,
marchas), formación del "Espíritu Nacional" orientada al
liderazgo patriótico, talleres técnicos y geometría aplicada.
La escuela de las niñas
- Enfoque:
Orientado a la sumisión, la piedad religiosa, el cuidado del hogar y la
maternidad.
- Asignaturas
específicas: La materia estrella obligatoria eran las "Labores
del hogar" (costura, bordado, calceta) y la "Hogar y
Puericultura" (enseñanza de cocina, economía doméstica y cuidados
de bebés).
- Formación
física: La educación física para niñas estaba muy restringida. La
Sección Femenina prohibía los deportes que consideraba
"masculinizantes" o lesivos para la maternidad (como el
atletismo duro o el fútbol). En su lugar, se fomentaban los bailes regionales,
las tablas de gimnasia rítmica suave y los juegos que no requirieran
enseñar las piernas ni posturas "indecorosas".
Diferencias en el acceso a la educación superior
El sistema educativo estaba pensado para desalentar a las
mujeres de seguir estudios universitarios o profesionales elevados:
- El
Bachillerato: Aunque existía el Bachillerato femenino, el número de
colegios e institutos públicos destinados a chicas era drásticamente
inferior al de los chicos. Esto obligaba a muchas familias que querían
educar a sus hijas a recurrir a colegios de monjas privados, inasumibles
para las clases trabajadoras.
- La
Universidad: Las mujeres no tenían prohibido el acceso a la
universidad por ley, pero las trabas sociales, el ideario machista y la
obligación de obtener el Servicio Social de la Sección Femenina
para conseguir cualquier título académico hacían que su presencia en las
aulas universitarias fuera mínima durante los años 40 y 50 (apenas
representaban el 10%-15% del alumnado, concentradas en carreras como
Farmacia o Filosofía y Letras).
El fin de la segregación obligatoria: La Ley de 1970
El modelo de escuela separada empezó a resquebrajarse debido
al desarrollo económico de los años 60, que exigía mano de obra más cualificada
(incluyendo a las mujeres), y a las corrientes modernizadoras de la Iglesia
tras el Concilio Vaticano II.
La auténtica revolución educativa llegó con la Ley
General de Educación de 1970 (impulsada por el ministro tecnócrata José
Luis Villar Palasí). Esta ley:
- Introdujo
la EGB (Educación General Básica) obligatoria hasta los 14 años.
- Permitió
legalmente la coeducación y la escuela mixta en los colegios públicos.
A partir de los primeros años de la década de los 70, los
niños y niñas españoles volvieron a sentarse juntos en los pupitres de la
escuela pública, aunque muchos colegios religiosos privados mantuvieron la
segregación de manera voluntaria durante décadas.


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