Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta pecado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pecado. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de octubre de 2025

LA IGLESIA Y EL LENGUAJE 1

 


Debo decir que con unos 10 años ingresé como monaguillo, en la iglesia del pueblo donde vivía, y que dado el cura párroco que la dirigía, yo era un ferviente católico y para mi el cura era como mi segundo padre.

Mi interés por las religiones me viene de aquel momento en que, con 15 años, ingresé en un colegio que dirigían los curas salesianos. Estos sacerdotes, además de enseñarnos el catecismo, eran los que controlaban la disciplina de los alumnos. Observé como nos humillaban porque éramos pobres, por eso estábamos ahí, porque nuestros padres no tenían dinero para llevarnos a un colegio privado. Esto nos lo recordaban todos los días y esta era una forma de meternos miedo, para que obedeciéramos sin rechistar, pues de hacerlo, nos podrían expulsar y así arruinar nuestra vida.

Yo no podía entender que los intermediarios entre Dios y los hombres nos trataran así. No me parecía que cuadrase lo que estudiábamos en el catecismo respecto a Dios, como un ser bondadoso y comprensivo, con esta gente que hacía todo lo contrario, por ello, cuando me puse a trabajar y tuve dinero, adquirí libros que hablasen de otras religiones. Posteriormente me puse a estudiar la Biblia, y así este interés me ha acompañado toda la vida, buscando lo que había de verdad en las religiones y lo que había de falsedad.

Estudiando la Biblia, observé que algunas cosas no cuadraban y esto me llevó a buscar otras opiniones sobre civilizaciones antiguas, otros dioses y otros nombres. Así me enteré que siempre que aparece la palabra Dios en la Biblia, en realidad, en el original en arameo la palabra era Elohim y que no era singular sino plural, por tanto, en lugar de dios debería decir dioses. Naturalmente, un libro que es interpretado como monoteísta, es decir, que propugna que solo hay un Dios Creador del Universo, no podía hablar de dioses. Luego me entero de que Elohim en realidad significaba “seres superiores “ o “seres poderosos”. Ahí comencé a preguntarme cuantas otras palabras utilizadas por los curas, tendrían significados diferentes de los que se les atribuye actualmente. Lo que os presento seguidamente es el resultado de esta búsqueda.

 

INFIERNO

  • Origen: del latín infernus, “lo inferior”, derivado de infra (“debajo”).
  • Sentido original: literalmente “lo que está abajo” o “los lugares inferiores”.
  • En la antigüedad clásica (inferi), se refería simplemente al mundo subterráneo o de los muertos, no necesariamente un lugar de castigo.
  • La Iglesia lo reinterpretó como el sitio del tormento eterno, equiparando el Hades o Sheol con un lugar moral de condena.

LITURGIA

  • Origen: del griego leitourgía (λειτουργία), compuesta de léitos (“del pueblo”) y érgon (“obra, servicio”).
  • Significado original: “servicio público”, “obra realizada para el pueblo”.
  • En Atenas era el término para servicios o deberes cívicos, como financiar un festival o un barco.
  • La Iglesia lo adaptó para designar el “servicio religioso” o la forma ritual del culto.

 

DOGMA

  • Origen: del griego dógma (δόγμα), “opinión”, “decreto”, “lo que parece bien”.
  • Deriva del verbo dokein (“parecer”, “opinar”).
  • Sentido original: una opinión o enseñanza aceptada, pero no necesariamente inmutable.
  • La Iglesia lo transformó en “verdad revelada e incuestionable”, es decir, un dogma de fe.

PECADO

  • Origen: del latín peccatum, de peccare, “errar”, “tropezar”, “faltar”.
  • Sentido original: cometer un error, desviarse del camino, equivocarse.
  • En hebreo, el equivalente jatá (חטא) significa literalmente “fallar el blanco”, como un arquero que yerra el tiro.
  • La Iglesia lo cargó de valor moral y teológico: ofensa a Dios.

EUCARISTÍA

  • Origen: del griego eucharistía (εὐχαριστία), “acción de gracias”, de eu- (“bien”) y charis (“gracia”).
  • Sentido original: agradecimiento, reconocimiento de un bien recibido.
  • En el cristianismo primitivo era una comida de acción de gracias, no un ritual sacramental formalizado.
  • Luego la Iglesia lo convirtió en el acto central del culto: la consagración del pan y el vino.

IGLESIA

  • Origen: del griego ekklesía (ἐκκλησία), de ek- (“fuera”) y kalein (“llamar”).
  • Significado original: “asamblea de los llamados”, es decir, reunión ciudadana o popular en la Grecia clásica.
  • El término designaba cualquier asamblea política o social.
  • El cristianismo lo tomó para referirse a la comunidad de creyentes, y más tarde al edificio o institución.

APÓSTOL

  • Origen: del griego apóstolos (ἀπόστολος), “enviado”, “mensajero”.
  • De apo- (“desde”) y stellein (“enviar”).
  • Sentido original: quien es enviado con una misión.
  • La Iglesia lo usó para designar a los doce discípulos principales de Jesús, y por extensión a quienes predican el Evangelio.

MISA

  • Origen: del latín missa, que viene de la fórmula de despedida del rito latino: Ite, missa est (“Idos, la asamblea está disuelta”).
  • Missa está relacionada con mittere, “enviar”.
  • Sentido original: “envío”, “despedida”.
  • Con el tiempo, el nombre de la despedida se aplicó a toda la celebración eucarística.
  • Curiosamente, la palabra que significaba “fin del acto” pasó a nombrar el acto entero.

Conclusión:
 La Iglesia católica (y otras tradiciones religiosas) resemantizó palabras que en su origen eran cívicas, filosóficas o simplemente descriptivas, otorgándoles un valor teológico, moral o institucional.

Así, lo que antes era servicio público (leitourgía), opinión (dógma) o error (peccatum), se volvió materia sagrada o pecado.

Así, cambiando el lenguaje, nos han programado para que el mundo que nos rodea no lo veamos de una forma natural sino a través del filtro y significados que les ha interesado a ellos para manipularnos.

 

miércoles, 22 de marzo de 2023

LA CONFESIÓN Y EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

 







La confesión se hace necesaria desde el momento en que los humanos cometemos pecados según las religiones en general y según la Iglesia católica en particular. Pero ¿de donde viene la palabra pecado?

Para los griegos pecado se decía hamartia: “fallo de la meta, no dar en el blanco”. Los escritores griegos solían utilizar la forma verbal hamartánō con respecto al lancero que erraba su blanco y, por implicación, aludía al concepto de vivir al margen de un código moral o intelectual tenido por meta ideal, debido a una actitud errónea, consciente o inconscientemente.

En hebreo la palabra común para "pecado" es jattáʼth, חטא que también significa “errar” en el sentido de no alcanzar una meta, camino, objetivo o blanco exacto.

Por tanto, como de costumbre la Iglesia se apropia de palabras que tienen un significado concreto y común para el entorno y transforma su significado acomodándolo a sus intereses y así la palabra pecado (del latín peccātum) pasa a significar la transgresión voluntaria y consciente de la ley divina.

Sacramento de la penitencia

El sacramento de la penitencia, también conocido como sacramento de la reconciliación, de la confesión, del perdón o de la curación, es uno de los siete sacramentos de las Iglesias católica, ortodoxa y copta.

La fe católica considera que se trata de un sacramento de curación instituido por Jesucristo, y que quienes se acerquen a él con las debidas disposiciones de conversión, arrepentimiento y reparación reciben el perdón de Dios por sus pecados cometidos después del bautismo así como también la reconciliación con la Iglesia.

La tradición de la Iglesia toma normalmente la afirmación de los apóstoles de Jesús, según la cual este les había dado poder para perdonar los pecados en nombre de Dios. Los sucesores de los apóstoles escribieron que estos les habían transmitido dicha facultad —entre otras—. Como mayor referencia, se lee en el Evangelio de Juan 20, 23:

Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Asimismo, reafirma este mandato con un pasaje del Evangelio de Mateo 9, 6-7:

Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados dice entonces al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

La confesión misma también está indicada en la Epístola de Santiago 5, 16 :

Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Además es sabido, por el libro de los Hechos de los Apóstoles, que la confesión de los pecados era una práctica habitual en la Iglesia primitiva, por lo menos en su forma pública.

Según la segunda epístola a los corintios 2 Cor 5:18-20, fue Dios mismo quien entregó el ministerio de reconciliación:

... y todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo, y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Somos pues embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo ¡Reconcíliense con Dios!

Así que ya no solo es un poder que transmite Jesucristo a los apóstoles sino que es el mismo Dios el que lo autoriza. No sé a que dios se refiere la Iglesia cuando dice esto, pues si se refiere a Yahvé que no soportaba la más mínima desobediencia, es difícil de creer. Si pensamos que Yahvé, como he explicado muchas veces, era en realidad el Elohim o Anunnaki Enlil, resulta que estamos hablando de un alienígena que era un absoluto canalla, por tanto con ese no han hablado. Si hablamos del auténtico creador del Universo, la realidad es que nadie puede hablar con él, por mucho que se empeñen las religiones, pues nadie sabemos que es ni donde está. Mi concepción de la divinidad creadora es que se trata del Universo y todo lo que existe en él, por tanto nada que ver con un ser antropomorfo que piense y sienta como un humano y que se sienta ofendido por las tonterías o las barbaridades que hagamos los humanos, pues ni siente ni padece, por lo que no tiene sentido alguno que nos perdone o nos castigue sino que más bien es la propia Iglesia la que perdona y castiga a sus fieles, pues entre los curas, hasta ahora, poco han castigado a los canallas pederastas que han mancillado a nuestros niños. Y no creo que lleguen al absurdo de engañarse entre ellos, perdonándose unos a otros los desmanes que cometen, aunque todo puede ser.

Para conocer algo de la disciplina penitencial, una obra importante es El pastor de Hermas, de mediados del siglo II. Mientras que algunos doctores afirmaban que no hay más penitencia que la del bautismo, Hermas piensa que el Señor ha querido que exista una penitencia posterior al bautismo, teniendo en cuenta la flaqueza humana, pero en su opinión solo se puede recibir una vez. De todas maneras, cree que no es oportuno hablar a los catecúmenos de una «segunda penitencia», ya que puede causar confusión, puesto que el bautismo tendría que haber significado una renuncia definitiva al pecado.

Así que el acto de la confesión se justifica en los Evangelios y en las epístolas hasta que llega este santo varón y dice otra cosa. Si los dirigentes de la Iglesia Católica se permiten estas digresiones será, pienso yo, porque no está tan claro que esté basado en lo que en principio se decía.

A comienzos del siglo III, esa única penitencia eclesiástica años después del bautismo ya estaba perfectamente organizada y se practicaba con regularidad tanto en las Iglesias de lengua griega como en las de lengua latina.

Lo que realmente quiere decir que por fin se pusieron de acuerdo en que hacer y como hacer, pues todo ello es un invento más de la Iglesia y sus jerarquías.

El obispo Hipólito de Roma escribió que la potestad de perdonar los pecados la tenían solo los obispos. En ambas tradiciones, y hasta fines del siglo VI, no se conocía sino esa única posibilidad de penitencia, que había sido denominada por Tertuliano, «segunda tabla de salvación» (cf. De paenitentia 4, 2 y citado en el Concilio de Trento, ver DS 1542).

Lo que quiere decir que tres siglos después de marcharse Jesucristo, solo los obispos tenían potestad para confesar a los fieles y se limitaba a solo una vez después del bautismo.

La práctica de la penitencia comenzaba con la exclusión de la eucaristía y terminaba con la reconciliación, que volvía a dar al penitente el acceso a ella. El tiempo penitencial generalmente era largo y dependía de la gravedad del pecado. Las etapas de la excomunión estaban claramente fijadas:

-El pecador debía confesar el pecado a solas ante el obispo.

-Era graciosamente admitido a la penitencia eclesial.

-Durante algún tiempo (semanas o meses) tenía que aceptar el humillante estado de penitente, que manifestaba incluso con un vestido especial.

-Debía mostrar su conversión y perseverancia con obras de penitencia (oraciones, limosnas y ayunos).

-Quedaba excluido de la Iglesia en la medida que no podía recibir la eucaristía y era apartado de la comunidad (no podía asistir a las reuniones).

-Finalmente, después de que la comunidad había orado por él, el penitente obtenía la reconciliación, normalmente mediante la imposición de las manos del obispo.

Dignos seguidores del antiguo dios Yahvé, castigaban y humillaban hasta el paroxismo al pobre fiel que se le ocurría confesarse, así que sospecho que no serían muchos, salvo cuando la falta fuese conocida de otros.

Conozco de primera mano la capacidad que tienen los curas para humillar a los demás, tal como sufrí durante cuatro años en el colegio de Salesianos.

No se precisa el modo en que esa reconciliación procuraba el perdón de los pecados. Las herejías penitenciales del montanismo (movimiento que inició un tal Montano en el siglo I que entraba en éxtasis y profetizaba el fin del mundo) y novacianismo (doctrina cristiana aparecida en el siglo III propuesta por Novaciano, considerado antipapa, y afirmaba que la Iglesia no tenía poder para autorizar la vuelta a la comunión de los cristianos bautizados que renegaron de la fe) obligaron a una reflexión teológica acerca de la praxis penitencial. Se rechazó el rigorismo: todos los pecados graves, incluso los tres capitales (apostasía-idolatría, homicidio y adulterio) podían ser perdonados; y todos los pecados —incluso los secretos—, debían ser sometidos a la penitencia episcopal. En este sentido, Ambrosio de Milán afirmó:

Dios no hace distinciones, porque prometió a todos la misericordia y concedió a sus sacerdotes la facultad de absolver sin excepción alguna. Aquel que exageró el pecado, que abunde en penitencia; los mayores crímenes se lavan con grandes llantos.

Grandes padres de la Iglesia como Tertuliano, Cipriano de Cartago, Agustín de Hipona, concilios como el III Concilio de Toledo y el de Arles o el Papa León I, fueron modificando a lo largo del tiempo todas las premisas y consideraciones respecto a la confesión y la penitencia y así, muchos pecadores esperaban los últimos momentos de la vida para pedir la penitencia, y una vez que se sentían recuperados de su enfermedad, rehuían al sacerdote para evitar someterse a la expiación. La penitencia eclesiástica no se aplicaba por lo general a los clérigos y religiosos que incurrían en pecados graves, ya que se pensaba que su dignidad podía recibir agravio; solo se le deponía de su cargo, podía acogerse a la penitencia privada y llevar una forma de vida monástica, que era considerada como un segundo bautismo que permitía el acceso a la eucaristía.

Como vemos, al igual que entre los bomberos, “no se pisan la manguera” y los castigos quedan para los ingenuos fieles.

A partir del año 1000 se generaliza la práctica de dar la absolución inmediatamente después de hacer la confesión, reduciéndose todo a un solo acto, que solía durar entre veinte minutos y media hora. Concilio IV de Letrán (a. 1215) impondrá el deber de confesar los pecados una vez al año.

Otra forma de penitencia que se impuso fue la flagelación; y no solo para penitentes, sino recomendada para cristianos deseosos de mortificación.

Algunos ejemplos de tarifas o aranceles de castigo para monjes, extraído del Poenitentiale Columbani:

homicidio: ayuno de diez años;
sodomía: ayuno de diez años;
fornicación (una vez): tres años;
fornicación (varias veces): siete años;
robo: siete años;
masturbación: un año.

Esto nos indica claramente que los monjes no eran muy santos que digamos, cometiendo las mismas faltas que cualquier humano, y sospecho que muchos monjes dejaron de desayunar para toda su vida.

La Iglesia nos dice que lo pecados más graves son: el secuestro, el asesinato, el incesto, el robo, el adulterio, la violación, el aborto y el suicidio, entre otros.

Y los curas son tan listos que hasta saben cuales son los pecados que más ofenden a su dios:


La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza son las siete pasiones del alma que la tradición eclesiástica ha fijado como «pecados capitales».

Independientemente de la vigencia o no de la idea de pecado en nuestras sociedades, son siete pasiones muy arraigadas en la psique humana. Esta es la razón por la que la Iglesia los valora, pues así tiene a sus fieles controlados, dominados, manipulados, es decir, gracias a estos pecados la Iglesia ejerce su poder sobre la humanidad que cree en ella y en lo que dice y esa es la única razón de la existencia de las religiones: ejercer el poder casi absoluto sobre la gente pues domina sus conciencias.

Reconozco que el tema de la confesión es un gran invento para la gente que se ve torturada por su propia conciencia, pues basta con decirle a un cura los pecados cometidos y de esta forma el mismísimo Dios le perdona y él recobra la paz mental.

Como siempre digo, respeto religiosamente las creencias de cada cual, pero informo del origen de este tema y los múltiples cambios que se han producido a lo largo de dos milenios y todo basado, supuestamente, en lo que dijo un hombre llamado Jesús y al que otro hombre llamado Pablo le atribuyó que era nada menos que el Hijo de Dios, cosa imposible de demostrar y menos hoy, pero hay gente que se lo sigue creyendo.

martes, 24 de marzo de 2020

NO SOY PECADOR



No soy ningún pecador, no voy haciendo el mal por ahí, soy humano y como no soy perfecto cometo errores, pero no peco, los errores que cometo son a pesar de poner todo mi esfuerzo en no cometerlos, a veces mis errores pueden repercutir en otras personas, si es así pido disculpas y si puedo repararlos los reparo, pero no cometo pecado alguno. Pido perdón a las personas a las cuales repercutan mis errores pero no voy a ningún cura a contarle mis errores pues eso no me sirve de nada. Respeto a quien crea que necesita a los curas para que su Dios le perdone, pero yo entiendo que Dios ya te hace pagar tus errores por las repercusiones y reacciones que provocas en tu entorno, todo está previsto, todo está programado. Si existiera un Dios que tiene que atender a toda la humanidad con todas sus cuitas le volveríamos loco, imaginaos 6000 millones de personas, contándole y pidiéndole multitud de cosas todos los días del año, las 24 horas de cada día, cada uno de su padre y de su madre, cada uno con diferentes circunstancias en su entorno, con sus creencias muy diferentes unos de otros, et. etc. ¿No es para volverse loco? Pues eso, que no es creíble todo eso que nos han inculcado.

Se me ha olvidado hacer mención a los posibles planetas de nuestra galaxia y del Universo que tengan vida inteligente y entonces los 6000 millones se convertirán en billones de seres inteligentes que le piden a Dios todos los días, ¡claro! solo en el caso de que les hayan manipulado de igual manera que a nosotros los terrícolas.

Estoy seguro que es muy positivo y yo diría que necesario, imprescindible, meditar sobre los errores que cometemos y como evitarlos para la próxima ocasión, dejando a Dios en paz. A lo mejor es que somos tan burros que, ya en la época de Moisés, era necesario decirle a la gente que era el mismo Dios quien exigía que había que lavarse (purificarse) porque la gente era muy guarra y solo se lavaba si lo exigía Dios.

Alguno pensará que el “coronavirus” lo ha enviado Dios para que todo el mundo se lave y lo tome por costumbre, pero creo que este tema es más terrenal, realizado por quienes pregonan sobre el pecado y aparentan ser fieles cumplidores pero ellos pecan de verdad con esta y otras acciones.

Mi intención es que algunos os quitéis ese sentimiento de culpabilidad que os impide vivir plenamente, sin miedo a equivocaros, pues casi siempre, si sabemos aprovechar nuestros errores, aprendemos algo nuevo que ignorábamos; en el peor de los casos, al menos aprendemos que no debemos hacer las cosas como las hemos hecho y ello nos obligará a intentar otras formas.


miércoles, 11 de marzo de 2020

EL LIBRE ALBEDRÍO





Esta frase tan traída y llevada es absolutamente falsa y la utiliza la Iglesia para hacernos sentir culpables, pecadores y por tanto dependientes de ella que es quien tiene la potestad para perdonar los pecados de los católicos.

Lo cierto es que si, tal como dicen los curas, Dios nos hubiera creado libres y ya algunos, desde niños, son asesinos y malas personas, habría que reclamar a Dios por fabricación defectuosa, de igual manera que cuando compramos un aparato y no funciona adecuadamente reclamamos al fabricante y hacemos valer nuestra garantía. Cabe pensar que en los casos, al menos de niños, no hay suficiente conciencia ni criterio para discernir con claridad el bien del mal. Todo esto es imputable a la forma de funcionar del cerebro y su programación.

La realidad es que no somos libres en absoluto pues estamos condicionados desde antes de nacer. Para ser libres, tendríamos que tener una formación adecuada en todos los aspectos, reflexionar teniendo la información necesaria y luego tomar las decisiones oportunas.


Cada cual estamos compuestos de un montón de factores o parámetros, tanto psicológicos como físicos que pueden ser solo tendencias modificables a lo largo de la vida, pero hay genes que no los puedes cambiar, en todo caso se pueden modificar para atenuar su influjo.

Para todo el mundo las vivencias de la infancia son fundamentales para el desarrollo futuro de su vida y todo se realiza de manera absolutamente inconsciente. Algunos, a partir de determinada edad y momento, comienzan a ser conscientes de algunas cosas y si persisten, cada vez serán más conscientes de sus vidas, de sus cambios, condicionantes, influencias, manipulaciones, etc. otros, en cambio, serán inconscientes toda su vida y son mayoría.

Así, desde antes de nacer ya estamos condicionados, traemos una programación de serie que corresponde a los genes que nos han tocado de nuestros ancestros, y no solo de nuestros padres, y a partir del nacimiento comienza la programación de los demás sobre nosotros,  condicionada por nuestra reacción ante las influencias externas que nos irán programando y condicionando a lo largo de nuestra vida. Algunos de nosotros tenemos ciertos rasgos y no solo físicos, de nuestros abuelos pero también de alguno de nuestros tíos o de un bisabuelo/a.

Al nacer tenemos la influencia de nuestros padres, nuestros hermanos, tíos, primos, etc. es decir, nuestra familia. El poder de influencia depende del tiempo que estemos con ellos y del valor o poder que demos a cada persona. Cuando nosotros tenemos en alta estima a alguien nos creemos como verdad absoluta todo lo que diga y por tanto nos influirá profundamente.

Luego están los vecinos, los amigos, los compañeros de colegio, etc.
Cuando comenzamos a trabajar, tenemos a los compañeros, jefes, clientes, etc.
También tenemos la radio, la televisión (programas y publicidad), periódicos, revistas, carteles, anuncios, ahora las redes, todo lo que veamos en Internet…y algunos, muy pocos, tienen la influencia de los libros que leen; digo pocos porque son pocos los que leen. Yo me he formado más con los libros y mis reflexiones sobre lo leído que por las personas de mi entorno. Los libros me han ayudado a desarrollar mi sentido crítico al leer a varios autores que tratan un mismo tema y que por tanto no tienen la misma visión.
Y todo esto sucede sin que nos percatemos de ello, de como todos contribuyen a nuestra programación, de la cual depende nuestra vida de manera total y absoluta, porque lo importante no es lo que nos suceda sino como reaccionemos ante lo que nos suceda.
Ante cualquier hecho que nos acaezca reaccionamos acorde con nuestra programación y lo hacemos de manera automática. Si podemos pararnos a pensar un poquito, siendo conscientes de lo que sucede, podemos decidir entonces la respuesta a dar, pero normalmente no se actúa así, sino que la reacción es automática. A veces es mejor que sea automática, pues si nos parásemos a pensar no daría tiempo a actuar, por ejemplo ante la posibilidad de que nos atropellen.


¿Y por qué es posible esa programación sobre el ser humano? Porque al igual que un ordenador, nacemos con un sistema operativo que define como y de qué manera se deben ir grabando las órdenes del programa generado en el cerebro acorde con las señales externas que entran por los diferentes sentidos.

También hay individuos y entidades varias que se dedican a programar a gente para que hagan lo que les interese, desde obtener favores sexuales, robar o matar, mediante la técnica, entre otras, de la programación Monarca, en la cual se destruye la personalidad del sujeto para implantarle otra mediante drogas e hipnosis con sugestiones.


La manera de autoprogramarnos de manera consciente y porque así lo decidimos, es utilizando técnicas de meditación, autohipnosis o semejantes, autoexaminarnos para saber realmente que es lo que necesitamos, después, mediante la autosugestión, nos daremos las órdenes oportunas repitiéndolas todos los días varias veces, para que con el tiempo, se graben en nuestro cerebro y funcione de manera automática.

La programación mental funciona como la arcilla blanda, si dejas una huella en unos pocos días desaparece. Para mantenerla hay que repetir la huella varias veces a lo largo del tiempo y con el transcurso del tiempo la arcilla se endurece y la huella queda para siempre. Aunque si pasan muchos años sin que volvamos a incidir en ella y la dejamos en el exterior, los agentes atmosféricos la borrarán.